Se afila el rosario y el bigote,
se calza los gayumbos de campaña,
repite cuatro veces: ¡por España!,
presume de prestancia y de cojones.
En el país de Tejero, don Antonio,
nueve milímetros es más que 30 años,
los lobos se meriendan los rebaños,
las vacas flacas embisten con tricornio.
Un veintitrés, ochenta y uno, de febrero,
desenfunda su revólver de vaquero,
y cien guardias, becarios de armería,
peinan a tiros a sus señorías,
que se orinan los trajes, las teorías,
cuando con voz gangosa ordena: "¡Al suelo!".
martes, 22 de febrero de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
Hay riesgo de desprendimiento
Por qué me miras así,
con tus calcetines verdes y tu bata roja.
Siempre por encima del hombro,
diciendo más de lo que callas.
Sabes que no me gusta. Pero esta vez prefiero no discutir.
Sólo deja de mirarme así.
Cuando conduzco sabes que no me gusta.
Me inquieta. No sé qué hacer con las manos.
Ninguno de los dos quiere que las suelte del volante.
Está la carretera mal.
En cualquier esquina se cruza un cometa sin intermitente.
Ya conoces esta ruta. Luego te asustas.
Y te enfadas cuando doy un frenazo y el cinturón
te aprieta el pecho.
Pero en lugar de dejarme mirar sólo hacia delante
te quedas ahí, observándome fijamente, pensando algo que no me quieres decir,
como diciendo si ya lo sabía yo.
Si te quieres ir vete. A estas alturas no me sorprende.
Ya nos conocemos. Pero dejemos de jugar.
Sólo dímelo y pararé en la próxima estación y podrás volver o seguir.
O hacer lo que quieras.
Pero no me mires así. Otra vez igual.
Aprovechas los viajes para mirarme y pensar que tu madre
lleva razón y que te equivocas, hija, con un tipo como ése. Déjalo.
Te subes los calcetines verdes y apoyas las plantas en el asiento,
con las rodillas dobladas y los brazos abrazándolas.
Y todo sin dejar de mirarme.
Sabes que me molesta y por eso lo haces.
Tú veras, esta carretera no está para andarse con tonterías.
Ya has visto cómo ha salido aquel sin avisar
del cruce. ¿No has visto la señal?
Hay riesgo de desprendimiento de meteoritos.
por el viento de las lunas de Orión.
con tus calcetines verdes y tu bata roja.
Siempre por encima del hombro,
diciendo más de lo que callas.
Sabes que no me gusta. Pero esta vez prefiero no discutir.
Sólo deja de mirarme así.
Cuando conduzco sabes que no me gusta.
Me inquieta. No sé qué hacer con las manos.
Ninguno de los dos quiere que las suelte del volante.
Está la carretera mal.
En cualquier esquina se cruza un cometa sin intermitente.
Ya conoces esta ruta. Luego te asustas.
Y te enfadas cuando doy un frenazo y el cinturón
te aprieta el pecho.
Pero en lugar de dejarme mirar sólo hacia delante
te quedas ahí, observándome fijamente, pensando algo que no me quieres decir,
como diciendo si ya lo sabía yo.
Si te quieres ir vete. A estas alturas no me sorprende.
Ya nos conocemos. Pero dejemos de jugar.
Sólo dímelo y pararé en la próxima estación y podrás volver o seguir.
O hacer lo que quieras.
Pero no me mires así. Otra vez igual.
Aprovechas los viajes para mirarme y pensar que tu madre
lleva razón y que te equivocas, hija, con un tipo como ése. Déjalo.
Te subes los calcetines verdes y apoyas las plantas en el asiento,
con las rodillas dobladas y los brazos abrazándolas.
Y todo sin dejar de mirarme.
Sabes que me molesta y por eso lo haces.
Tú veras, esta carretera no está para andarse con tonterías.
Ya has visto cómo ha salido aquel sin avisar
del cruce. ¿No has visto la señal?
Hay riesgo de desprendimiento de meteoritos.
por el viento de las lunas de Orión.
martes, 8 de febrero de 2011
Ya te habrás ido...
Para cuando quiera creer que esta rutina
es lo que al final nos queda,
que no está tan mal, que sólo necesito conocerla,
medirle los tiempos, encontrarle las esquinas,
saber cómo deshacerla
sin llegar a romperla, me temo que será tarde.
Cuando no quiera huir de todo y todos,
dejar atrás tanto cariño doméstico
para volver a buscar en lo espontáneo,
en ese sexo algo furtivo,
en la pasión sin despertadores,
ya no podré.
Cuando me diga
que esto, razonablemente feliz,
es lo que anhelan todos los que están al otro lado,
que un abrazo siempre ahí dispuesto
puede abrigar más que otro beso soñado,
que la vida, lo siento, es más aquí que allá,
entonces no importará, eso seguro.
Para cuando despierte, y me maldiga,
y me equivoque por haberme equivocado,
cuando me muerda la lengua,
cuando la casa vacía
esté de verdad vacía,
cuando la nueva rutina
sea lo que al final me quede,
de nada servirá.
Ya te habrás ido.
es lo que al final nos queda,
que no está tan mal, que sólo necesito conocerla,
medirle los tiempos, encontrarle las esquinas,
saber cómo deshacerla
sin llegar a romperla, me temo que será tarde.
Cuando no quiera huir de todo y todos,
dejar atrás tanto cariño doméstico
para volver a buscar en lo espontáneo,
en ese sexo algo furtivo,
en la pasión sin despertadores,
ya no podré.
Cuando me diga
que esto, razonablemente feliz,
es lo que anhelan todos los que están al otro lado,
que un abrazo siempre ahí dispuesto
puede abrigar más que otro beso soñado,
que la vida, lo siento, es más aquí que allá,
entonces no importará, eso seguro.
Para cuando despierte, y me maldiga,
y me equivoque por haberme equivocado,
cuando me muerda la lengua,
cuando la casa vacía
esté de verdad vacía,
cuando la nueva rutina
sea lo que al final me quede,
de nada servirá.
Ya te habrás ido.
viernes, 4 de febrero de 2011
Eso no es divagar
Hablo de más. No me dejes hacerlo.
Se me suelta la lengua y ahí ando lanzado
y de repente me doy cuenta.
Pero entonces me señalas y delante de todos me dices: divagas.
Si puedes evitarlo no me dejes. Sabes que tengo propensión
a creerme lo que digo, aversión a los silencios.
Son incómodos.
Alrededor de esa mesa, todos mirándonos, como si jugásemos a la ruleta rusa
y nadie quisiera reconocer que es su turno.
No soporto esas situaciones. Ya me conoces.
Prefiero lanzarme y contarlo.
No sé pararme después.
Aquella película, él con su sombrero calado, la gabardina abierta,
sólo abotonado el botón intermedio de la americana,
los bajos del pantalón húmedos, los zapatos mojados,
la sonrisa torcida. Vale, es una mueca, no una sonrisa.
Y el pitillo colgando, encendido, el humo en los ojos.
A él no le molesta. Ya sabes que película te digo.
Yo quiero ser él. Eso no es divagar. Pensar en voz alta, tal vez.
Se me suelta la lengua y ahí ando lanzado
y de repente me doy cuenta.
Pero entonces me señalas y delante de todos me dices: divagas.
Si puedes evitarlo no me dejes. Sabes que tengo propensión
a creerme lo que digo, aversión a los silencios.
Son incómodos.
Alrededor de esa mesa, todos mirándonos, como si jugásemos a la ruleta rusa
y nadie quisiera reconocer que es su turno.
No soporto esas situaciones. Ya me conoces.
Prefiero lanzarme y contarlo.
No sé pararme después.
Aquella película, él con su sombrero calado, la gabardina abierta,
sólo abotonado el botón intermedio de la americana,
los bajos del pantalón húmedos, los zapatos mojados,
la sonrisa torcida. Vale, es una mueca, no una sonrisa.
Y el pitillo colgando, encendido, el humo en los ojos.
A él no le molesta. Ya sabes que película te digo.
Yo quiero ser él. Eso no es divagar. Pensar en voz alta, tal vez.
jueves, 27 de enero de 2011
Está siendo un viaje muy largo
Lo primero que haré cuando lleguemos será descalzarme y meter los pies en el agua.
Esa sensación.
No sé cómo hemos podido vivir tanto tiempo en un planeta sin mar.
Después los enterraré en el barro.
Y moveré los pulgares, poco a poco, apenas vibraciones,
para cuartear la arena apelmazada.
Hasta que asomen como lombrices rebozadas.
Los volveré a tapar y lo repetiré.
Eso haré, sí.
Meter los pies en el agua. Aunque esté fría.
Llevo mucho tiempo esperando este momento.
Creo que incluso he soñado con ello.
Llegar, sí, y salir de aquí y desnudarme a la carrera
para sentir las olas. Entonces sabré que hemos llegado.
Después me tomaré un gintonic en ese sitio fabuloso
en el que estuvimos aquella vez.
Ya sabes, aquel al fondo, con aquello que brillaba.
Y esa música, ¿recuerdas?
Y luego creo que dormiré. Y ya está.
Está siendo un viaje muy largo.
Esa sensación.
No sé cómo hemos podido vivir tanto tiempo en un planeta sin mar.
Después los enterraré en el barro.
Y moveré los pulgares, poco a poco, apenas vibraciones,
para cuartear la arena apelmazada.
Hasta que asomen como lombrices rebozadas.
Los volveré a tapar y lo repetiré.
Eso haré, sí.
Meter los pies en el agua. Aunque esté fría.
Llevo mucho tiempo esperando este momento.
Creo que incluso he soñado con ello.
Llegar, sí, y salir de aquí y desnudarme a la carrera
para sentir las olas. Entonces sabré que hemos llegado.
Después me tomaré un gintonic en ese sitio fabuloso
en el que estuvimos aquella vez.
Ya sabes, aquel al fondo, con aquello que brillaba.
Y esa música, ¿recuerdas?
Y luego creo que dormiré. Y ya está.
Está siendo un viaje muy largo.
sábado, 22 de enero de 2011
Así que no insistiré
Así que no insistiré. Nada de emoción. Nada de puntos suspensivos.
Simplemente diré que no y ya está.
Así no podrás volver a preguntarme, así no dudaré,
así no dudarás.
No insistirás porque habré dicho que no y será un no muy rotundo,
de esos que se dicen cuando estás muy enfadado
o completamente seguro de algo y sin gana ninguna de discutirlo.
Un no que saldrá desde el estómago,
desde lo más profundo, y subirá por el esófago y en
la traquea cogerá forma
y las cuerdas vocales lo harán vibrar y la lengua lo empujará fuera
Como un disparo, como la campanada de un combate de boxeo.
No volverá a pasar. No perderé varios días dudando
y tú diciéndome venga, hazlo, venga, sabes que lo harás.
Esta vez no. Te lo aseguro.
La última vez que intenté hacerme el interesante sólo logré parecer despistado.
Simplemente diré que no y ya está.
Así no podrás volver a preguntarme, así no dudaré,
así no dudarás.
No insistirás porque habré dicho que no y será un no muy rotundo,
de esos que se dicen cuando estás muy enfadado
o completamente seguro de algo y sin gana ninguna de discutirlo.
Un no que saldrá desde el estómago,
desde lo más profundo, y subirá por el esófago y en
la traquea cogerá forma
y las cuerdas vocales lo harán vibrar y la lengua lo empujará fuera
Como un disparo, como la campanada de un combate de boxeo.
No volverá a pasar. No perderé varios días dudando
y tú diciéndome venga, hazlo, venga, sabes que lo harás.
Esta vez no. Te lo aseguro.
La última vez que intenté hacerme el interesante sólo logré parecer despistado.
lunes, 17 de enero de 2011
Nunca he sabido hacer nada más útil
Por qué empezamos a hacerlo ya no importa.
Pregunta mejor por qué no lo dejamos.
Te diré que no he sabido,
nunca, hacer algo más útil.
Sólo aquí arriba soy quien soy.
Alguien.
Esas voces al fondo,
repitiendo mi nombre.
Allá abajo nadie grita
mi apellido.
Allá abajo soy el mismo
que se acuesta por las noches,
solo y en silencio,
cuando el mundo deja de moverse.
Pregunta mejor por qué no lo dejamos.
Te diré que no he sabido,
nunca, hacer algo más útil.
Sólo aquí arriba soy quien soy.
Alguien.
Esas voces al fondo,
repitiendo mi nombre.
Allá abajo nadie grita
mi apellido.
Allá abajo soy el mismo
que se acuesta por las noches,
solo y en silencio,
cuando el mundo deja de moverse.
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