jueves, 28 de julio de 2016

Kentucky

Esa noche de billar y cervezas en Louisville, Kentucky,
donde debería oler a caballo y huelo a tabaco
aunque no fumo ya,
o no fumaba,
y no hay campos de tabaco pero siempre los hay,
en una sala en la que me jugaría el maizal contra un hombre
por ver quién mete la bola cinco
en la tronera del fondo izquierda.

martes, 17 de mayo de 2016

Fisterra

Donde gruñen las gaviotas.
Donde los pantalones de jipi
y los tambores asustan.
Donde se acaba el mundo,
dicen,
pero es mentira.
Donde empieza el comienzo después del fin.
Donde la playa arde
y en lengua extranjera
se pide cerveza fría.
Donde llegué aquel día
a paso lento
con la cabeza como siempre desbocada.
Donde todo no estaba
y por eso lo había.
Donde gruñían las gaviotas
reclamando su faro,
chillando a los de los pantalones jipis que se fueran
que dejaran ya de incordiar
y de quemar incienso.
Donde debía empezar todo
y ya veremos.

lunes, 14 de octubre de 2013

Y parece que empieza a nevar


No vendrán los fantasmas,
a lamerte las heridas,
sino blandiendo los colmillos,
oliendo la sangre
que reseca,
como el árbol que olvidaste al otro lado de la ventana.
Empieza a nevar.
Pronto se cubrirá el camino de la entrada.

Saldrás sin zapatos al umbral
a mirar el buzón en la distancia,
al cartero,
que pasó otra mañana,
sin pararse.
Volverás a escuchar el silencio del timbre.
y a mirar con recelo
el aparato del teléfono
Tras comprobar,
y van seis veces ya,
la conexión del cable a la pared.

No vendrán los fantasmas a sentarse
a tu mesa
y a descorchar tu vino
mientras bebes en un extremo
con la palma abierta de la mano apoyada
sobre el tablero
y el brazo estirado.
Vendrán a darte el último recibo
y a marcharse sin cerrar la puerta
mientras desde la cocina
miras la ventana
y te sorprende ver ese árbol
que se seca.
Y parece que empieza
a nevar.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Quería acercarse y preguntarle...


Quería acercarse a él y preguntarle.
Darle la mano, observarle los ojos
y hablarle.
Pensaba que una mirada bastaría
para que ambos se reconocieran
y supieran que sentían lo mismo,
que no había nada de lo que avergonzarse,
que eran hombres
y que como hombres
serían capaces de seguir adelante.
Quería ir hasta él para saber
si sentía lo mismo.
Si lo peor no era el momento de bajada,
ni el de subida,
cuando otros te ayudan a ponerte en pie de nuevo
y las rodillas tiemblan,
sino el silencio que te chilla
dos días después,
cuando las voces ya no suenan
y te quedas solo recordando la bajada,
la subida,
y toda esa zozobra hasta que por fin desapareces
y te quitan los guantes
y firmas y vuelves a tu coche.
Quería decirle a aquel hombre
que le comprendía,
suplicarle que le hablara,
que se lo explicara,
que necesitaba sentir que era como él.
Que tampoco comería al día siguiente
y que los brazos de su mujer
le resultarían tan extraños, inmerecidos,
que se alejaría de ellos cuando le buscaran cálidos.
Que él también esquivaría durante una semana
la mirada de sus hijos.
Quería explicarle que cada vez que le había
sucedido, sin embargo, había encontrado también
una placidez, un sueño,
una duermevela con los ojos abiertos.
Una paz, extraña, pero una paz a fin de cuentas.
Decirle que al fondo de todo aquello se había
visto tantas noches buenas
y que se recordaba en el dolor intenso de los nervios
no como el púgil que había caído,
sino como el hombre que supo también levantarse.
Quería acercarse a él, a su rival, ayudarle a incorporarse,
pedirle perdón por haberlo tumbado
y preguntarle si después,
cuando las manos ya se hubiesen enfriado,
podrían hablar de lo que había sentido.
Quizá tomando un café.
Como dos hombres que saben lo que es caer
y que saben también que volverán a hacerlo.

sábado, 31 de agosto de 2013

Flan de tapioca


Los domingos comimos flan de tapioca
y allí estábamos casi todos.
Con la moñoños,
y el lobo,
que resultó ser de peluche,
tan poco fiero,
en el cruce.
Y los paisanos
con sus historias de paisanos.
Aunque no me dejaron acercarme a sus mundos.

El mismo domingo que tú decías que la marea bajaba
y yo no te creí porque nos cubrían ya las olas
en nuestra orilla.
Sube, chica, ¿no ves que sube?
Pero tú lo sabías mejor.
Y por mucho que te empeñes,
así como eres,
esta marea no dejará de bajar,
me decías.

Los domingos comimos flan de tapioca,
bebimos cervezas, pedimos mariscos.
Y el pulpo se había terminado
como se acabó después el licor café
cuando ya tenía las pulsaciones
que no había forma de echar el freno.
Y te despertaré en mitad de la noche, te avisé.
Y lo hice.
Y te sorprendiste,
pero me besaste.
Porque era domingo
y comeríamos flan de tapioca
y no había nada más,
pero tampoco lo hubiera necesitado.

martes, 13 de agosto de 2013

Como siempre

Como siempre, parecía.
Como un lunes de entonces.
Como cualquier mañana.
Como el último invierno,
como el primer abril.
Como ayer,
que mis manos no olían a tu cuerpo,
que no sabía aun a qué sabías,
que no te había visto en otro plano,
en nuestra dimensión de tu cama
al borde del abismo
al que salté.
Como siempre, en el hola, buenos días,
en las canciones,
en el autoengaño entre líneas,
en el muro que levanté
y al que aprendí a trepar
para mirarte al otro lado.
Como siempre, en el temor,
en las propias mentiras
que quise creerme,
en la nada, que lo fue todo,
en la rabia, incontrolada,
mezquina,
en el fracaso.
Como siempre,
como cualquier lunes de entonces.
Pero como nunca ya.
Como el futuro
que ahora no entiendo.
Como el abril
que llegará en otro idioma.
Como el invierno que me encontrará desprotegido.
Aun más perdido. Frágil.
Como este llanto nuevo
que no esperaba,
que me empaña los ojos en la foto del pasaporte
y en el que flota un sueño
con el que había dejado de soñar.
Como si nunca te hubiera querido,
sabiendo que siempre lo hice.

viernes, 12 de julio de 2013

Las estrellas se apagaron azules


Quiso leer entre líneas
en las palmas de sus manos
y encontró una ventana
con estrellas que brillaron
azules.

¿Dónde irás, ahora, que no vas?
Le soltó acariciando el dorso,
las falanges,
el roce de la uñas.
Leyendo el mensaje
sin codificar
de su mirada.
Al otro lado
de la ventana
y de unas estrellas que se entornaban
azules.

Y volvió a la canción
que le mostró,
repetida, reincidente,
que se filtraba
tras la ventana
donde las estrellas
ahora
se apagaron
azules.