miércoles, 7 de septiembre de 2016

Verano de salitre

Agotado de batallar contra las olas,
con el oído interno convertido 
en un reloj de arena,
hice caso a su consejo,
ella sabía cómo funcionan 
la realidad y el mundo,
y me tumbé para que el tiempo no pasase.
Y así, quieto, inmóvil,
haciéndome el muerto en la orilla,
esquivé el invierno
que llegaría
y me quedé para siempre en un verano
de salitre.

martes, 6 de septiembre de 2016

Corazones de piedra (2002)

Corazones de piedra laten
destartalados en un cementerio de roulottes.
El lazo al cuello
aprieta la soga
en el traje del novio.
Todo es premeditado.
Hasta su suicidio involuntario.
Ella no ha muerto. Pero se ha ido. Se ha ido.
Así es.
Corazones alcohólicos laten
destartalados en un cine al aire libre.
Sobre el techo del descapotable
posaron el cuerpo del bebé.
Así es.
Ya no está aquí. No murió. Pero se ha ido.
Corazones de plástico laten
destartalados en un restaurante chino.
El forense no nos habló.
Ella no murió. Eso lo sé. Pero se fue.

viernes, 12 de agosto de 2016

Y vestidos

No me vas a creer,
pero si quiero verte esta noche
no es porque quiera que acabes en mi cama
o yo en la tuya.
No me vas a creer aunque lo diga
pero no es sexo lo que busco,
en lo que pienso.
Quiero abrazarte y que me abraces.
Y no me vas a creer
pero quisiera quedarme así
dormido en ese abrazo
y amanecer contigo
aun entre mis manos y vestidos.

jueves, 28 de julio de 2016

Kentucky

Esa noche de billar y cervezas en Louisville, Kentucky,
donde debería oler a caballo y huelo a tabaco
aunque no fumo ya,
o no fumaba,
y no hay campos de tabaco pero siempre los hay,
en una sala en la que me jugaría el maizal contra un hombre
por ver quién mete la bola cinco
en la tronera del fondo izquierda.

martes, 17 de mayo de 2016

Fisterra

Donde gruñen las gaviotas.
Donde los pantalones de jipi
y los tambores asustan.
Donde se acaba el mundo,
dicen,
pero es mentira.
Donde empieza el comienzo después del fin.
Donde la playa arde
y en lengua extranjera
se pide cerveza fría.
Donde llegué aquel día
a paso lento
con la cabeza como siempre desbocada.
Donde todo no estaba
y por eso lo había.
Donde gruñían las gaviotas
reclamando su faro,
chillando a los de los pantalones jipis que se fueran
que dejaran ya de incordiar
y de quemar incienso.
Donde debía empezar todo
y ya veremos.

lunes, 14 de octubre de 2013

Y parece que empieza a nevar


No vendrán los fantasmas,
a lamerte las heridas,
sino blandiendo los colmillos,
oliendo la sangre
que reseca,
como el árbol que olvidaste al otro lado de la ventana.
Empieza a nevar.
Pronto se cubrirá el camino de la entrada.

Saldrás sin zapatos al umbral
a mirar el buzón en la distancia,
al cartero,
que pasó otra mañana,
sin pararse.
Volverás a escuchar el silencio del timbre.
y a mirar con recelo
el aparato del teléfono
Tras comprobar,
y van seis veces ya,
la conexión del cable a la pared.

No vendrán los fantasmas a sentarse
a tu mesa
y a descorchar tu vino
mientras bebes en un extremo
con la palma abierta de la mano apoyada
sobre el tablero
y el brazo estirado.
Vendrán a darte el último recibo
y a marcharse sin cerrar la puerta
mientras desde la cocina
miras la ventana
y te sorprende ver ese árbol
que se seca.
Y parece que empieza
a nevar.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Quería acercarse y preguntarle...


Quería acercarse a él y preguntarle.
Darle la mano, observarle los ojos
y hablarle.
Pensaba que una mirada bastaría
para que ambos se reconocieran
y supieran que sentían lo mismo,
que no había nada de lo que avergonzarse,
que eran hombres
y que como hombres
serían capaces de seguir adelante.
Quería ir hasta él para saber
si sentía lo mismo.
Si lo peor no era el momento de bajada,
ni el de subida,
cuando otros te ayudan a ponerte en pie de nuevo
y las rodillas tiemblan,
sino el silencio que te chilla
dos días después,
cuando las voces ya no suenan
y te quedas solo recordando la bajada,
la subida,
y toda esa zozobra hasta que por fin desapareces
y te quitan los guantes
y firmas y vuelves a tu coche.
Quería decirle a aquel hombre
que le comprendía,
suplicarle que le hablara,
que se lo explicara,
que necesitaba sentir que era como él.
Que tampoco comería al día siguiente
y que los brazos de su mujer
le resultarían tan extraños, inmerecidos,
que se alejaría de ellos cuando le buscaran cálidos.
Que él también esquivaría durante una semana
la mirada de sus hijos.
Quería explicarle que cada vez que le había
sucedido, sin embargo, había encontrado también
una placidez, un sueño,
una duermevela con los ojos abiertos.
Una paz, extraña, pero una paz a fin de cuentas.
Decirle que al fondo de todo aquello se había
visto tantas noches buenas
y que se recordaba en el dolor intenso de los nervios
no como el púgil que había caído,
sino como el hombre que supo también levantarse.
Quería acercarse a él, a su rival, ayudarle a incorporarse,
pedirle perdón por haberlo tumbado
y preguntarle si después,
cuando las manos ya se hubiesen enfriado,
podrían hablar de lo que había sentido.
Quizá tomando un café.
Como dos hombres que saben lo que es caer
y que saben también que volverán a hacerlo.